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Yayoi Kusama: el infinito de una artista que se negó a desaparecer

ayoi Kusama: el infinito de una artista que se negó a desaparecerHay artistas que forman parte de la historia del arte y hay artistas que, de alguna manera, consiguen modificarla. Yayoi Kusama pertenece, en mi opinión, a la segunda categoría.

Su muerte, a los 97 años, no debería hacernos mirar únicamente hacia atrás para repasar una trayectoria extraordinaria. Debería servirnos para detenernos y preguntarnos qué significa realmente haber sido un referente. Porque Kusama no fue solamente la mujer de los lunares, las calabazas amarillas o las habitaciones de espejos infinitos que hoy llenan las redes sociales. Fue una artista que, desde una posición inicialmente marginal, consiguió construir uno de los lenguajes más reconocibles, personales y resistentes de la creación contemporánea. Murió el 14 de agosto de 2026 en Tokio.

Y eso, en arte, tiene un valor enorme.

Una artista que llegó antes que muchos

Cuando se habla de Kusama resulta inevitable mencionar el Pop Art, el Minimalismo, el arte feminista o la performance. Pero hay algo que me parece especialmente interesante: Kusama nunca necesitó pertenecer completamente a ninguno de esos movimientos.

El MoMA la sitúa dentro de la vanguardia neoyorquina de finales de los años cincuenta y los sesenta y señala cómo su trabajo dialogó con el Expresionismo Abstracto, el Minimalismo, el Pop Art, el arte feminista y la crítica institucional, aunque siempre desarrollando un lenguaje propio.

Ahí está, probablemente, una de las claves de su importancia.

Kusama no parecía interesada en construir una carrera siguiendo las reglas de una corriente artística. Parecía interesada en construir un universo.

Y cuando un artista consigue crear un universo propio, las etiquetas empiezan a quedarse pequeñas.

Sus primeros Infinity Nets, aquellas enormes superficies cubiertas por una repetición obsesiva de pequeños arcos y redes, resultaban radicales en la Nueva York de finales de los cincuenta. Donald Judd quedó impresionado por aquellas pinturas y llegó a escribir sobre ellas. La relación entre ambos resulta especialmente reveladora: Judd terminaría convirtiéndose en una figura fundamental del Minimalismo, mientras Kusama desarrollaba, en paralelo, una obra que anticipaba algunas de las preocupaciones formales de ese movimiento.

Y aquí aparece una de esas pequeñas injusticias que también forman parte de la historia del arte: durante mucho tiempo, Kusama fue menos reconocida que algunos de los hombres que trabajaban a su alrededor.

Hoy podemos contemplar aquellas pinturas desde otra perspectiva.

No parece exagerado afirmar que Kusama estaba abriendo caminos.

El punto como principio y como universo

Personalmente, creo que una de las grandes virtudes de Kusama fue conseguir algo que parece sencillo y que, en realidad, es extremadamente difícil: convertir un elemento visual aparentemente insignificante en una filosofía artística.

Un punto.

Nada más.

Pero cuando el punto se repite cientos, miles o millones de veces, deja de ser un punto. Se convierte en superficie, en espacio, en ritmo, en obsesión. Y finalmente puede convertirse en infinito.

Kusama entendió algo esencial: la repetición también puede ser una forma de pensamiento.

Esto resulta especialmente interesante para quienes seguimos el arte contemporáneo. Vivimos rodeados de imágenes repetidas, patrones, pantallas, fotografías, publicidad, redes sociales y estímulos visuales constantes. Kusama comenzó a trabajar con esa lógica mucho antes de que nuestra cultura digital la convirtiera en algo cotidiano.

Sus puntos parecen predecir una época saturada de imágenes.

Sus espejos parecen predecir una sociedad obsesionada con contemplarse a sí misma.

Y sus instalaciones inmersivas parecen anticipar un momento en el que el espectador ya no quiere limitarse a mirar una obra: quiere entrar en ella.

Antes de Instagram ya estaba el espejo

Quizá las Infinity Mirror Rooms sean el mejor ejemplo de la extraordinaria capacidad de Kusama para adelantarse a su tiempo.

Entrar en una de esas habitaciones supone perder las referencias espaciales. Los espejos multiplican las luces y los objetos hasta generar la sensación de que el espacio continúa indefinidamente. El espectador deja de ser una persona que observa desde fuera y pasa a formar parte de la obra.

Esto no es un detalle menor.

Kusama comprendió muy pronto que el espectador podía convertirse en material artístico.

Décadas después, las instalaciones inmersivas se han convertido en uno de los grandes fenómenos de la cultura visual contemporánea. Pero Kusama ya estaba trabajando con esa idea desde los años sesenta.

Su Peep Show, sus instalaciones y posteriormente sus habitaciones de espejos establecieron una relación muy particular entre cuerpo, espacio y percepción. El propio MoMA ha señalado cómo la presencia física de Kusama atraviesa sus pinturas, esculturas, ambientes y performances.

Por eso creo que sería un error contemplar sus instalaciones simplemente como espectáculos visuales.

Son, en realidad, máquinas de percepción.

Entre Warhol, Judd, Hesse y una artista difícil de clasificar

La historia de Kusama también permite establecer conexiones fascinantes con otros nombres fundamentales del arte del siglo XX.

Con Andy Warhol comparte la fascinación por la repetición y la transformación de una imagen en un lenguaje reconocible. Pero mientras Warhol convirtió la repetición en una reflexión sobre la cultura de masas y el consumo, Kusama llevó la repetición hacia un territorio mucho más psicológico y existencial.

Con Donald Judd comparte una preocupación por la serialidad, la estructura y la eliminación de determinados elementos tradicionales de la pintura. Pero Kusama introdujo en ese territorio algo que el Minimalismo tendía a expulsar: su propio cuerpo, su subjetividad y su obsesión. El propio archivo del MoMA subraya precisamente esa diferencia entre Kusama y la objetividad que perseguían algunos artistas de la Nueva Tendency.

Y también resulta interesante pensar en su relación con Eva Hesse, otra artista que, como Kusama, trabajó con la repetición, la acumulación, el cuerpo y materiales que cuestionaban las categorías tradicionales de la escultura. Kusama llegó a mencionar su amistad con Hesse y Judd durante sus años neoyorquinos.

Pero Kusama siempre fue difícil de encerrar.

Y quizá ahí esté su grandeza.

El arte como necesidad

Hay otra dimensión de Kusama que me parece todavía más importante que su éxito internacional: su necesidad de crear.

Su producción artística estuvo profundamente ligada a sus experiencias psicológicas y a las visiones que experimentaba desde niña. Los puntos y las redes no fueron simplemente una decisión estética; formaron parte de una manera de enfrentarse a su propia percepción del mundo.

Sin embargo, reducir a Kusama a su salud mental sería también un error.

Su enfermedad explica algunos aspectos de su obra, pero no explica su talento, su inteligencia artística ni su extraordinaria capacidad para construir un lenguaje propio.

Kusama trabajó.

Trabajó durante décadas.

Trabajó cuando no era una estrella internacional. Trabajó cuando el mercado no la reconocía como hoy. Trabajó cuando su nombre estaba lejos de los grandes museos y cuando muchos de los artistas masculinos de su generación recibían una atención considerablemente mayor.

Y continuó trabajando hasta el final de su vida. Su estudio ha confirmado que siguió pintando hasta sus últimos días.

Eso, para mí, es una de las lecciones más poderosas de Kusama.

El artista no siempre trabaja porque tenga algo que demostrar. A veces trabaja porque no sabe hacer otra cosa. Porque necesita hacerlo.

De la marginalidad al icono

Resulta casi paradójico contemplar hoy a Kusama.

La artista que durante años tuvo que luchar por hacerse un lugar en el mundo del arte terminó convertida en una de las creadoras más reconocibles del planeta.

Sus puntos llegaron a la moda, sus calabazas se convirtieron en iconos, sus instalaciones atrajeron a millones de visitantes y su imagen terminó formando parte de la cultura popular.

Incluso podríamos preguntarnos si esa popularización ha simplificado en ocasiones su obra.

Probablemente sí.

Existe el riesgo de convertir a Kusama en una estética: lunares, colores, espejos, fotografías.

Pero debajo de esa estética hay una artista mucho más compleja.

Hay una mujer que habló de sexo, muerte, identidad, feminismo, obsesión, infinito y desaparición.

Hay una creadora que utilizó la repetición para hablar de la desaparición del yo.

Y hay una artista que consiguió transformar una experiencia íntima en un lenguaje capaz de ser entendido en cualquier lugar del mundo.

¿Qué significa ser un referente?

Para ArteAccion, esta es quizá la pregunta más interesante que deja su desaparición.

Ser un referente no significa necesariamente haber inventado algo completamente nuevo.

Significa, muchas veces, haber tenido el valor de llevar una idea hasta sus últimas consecuencias.

Kusama llevó la repetición hasta el infinito.

Llevó el punto hasta convertirlo en universo.

Llevó el espejo hasta hacer desaparecer los límites del espacio.

Llevó su propia obsesión hasta transformarla en un lenguaje artístico.

Y llevó una trayectoria que podía haber quedado relegada a los márgenes hasta convertirse en una referencia mundial.

Por eso, cuando hoy miramos una obra de Yayoi Kusama, no deberíamos ver solamente una calabaza amarilla cubierta de lunares.

Deberíamos recordar que detrás de ese punto hubo una mujer que llegó a Nueva York procedente de Japón en los años cincuenta, que se enfrentó a un sistema artístico dominado por hombres, que dialogó con figuras como Warhol, Judd y Hesse, que desarrolló una obra que atravesó pintura, escultura, instalación, performance, literatura y poesía, y que nunca dejó de insistir en una idea fundamental: el arte podía ser una forma de existir.

Kusama ya no está.

Pero su obra tiene una característica que coincide perfectamente con su obsesión fundamental: no parece tener un final.

Seguirá apareciendo en exposiciones, en museos, en libros, en artistas que aprendieron de ella, en instalaciones que continúan explorando la inmersión, la repetición y la percepción.

Y seguirá apareciendo, sobre todo, en ese lugar donde realmente permanecen los grandes artistas: en la mirada de quienes vienen después.

Quizá esa sea la verdadera inmortalidad del arte.

No vivir eternamente.

Conseguir que otros sigan mirando.

Yayoi Kusama lo consiguió.

Por eso, más que despedirla, desde ArteAccion preferimos reconocerla: como artista, como mujer, como vanguardista y, sobre todo, como uno de los grandes referentes que ayudaron a cambiar la manera en que entendemos el arte contemporáneo.

Referencias

  • Sitio oficial de Yayoi Kusama, comunicado sobre su fallecimiento.

  • The Museum of Modern Art (MoMA), colección y trayectoria de Yayoi Kusama.

  • MoMA, catálogo Love Forever: Yayoi Kusama, 1958–1968.

  • Sotheby's, análisis de los Infinity Nets y de la influencia de Kusama en el Minimalismo.

  • Reuters, información sobre su fallecimiento y trayectoria.

  • The Guardian, obituario y análisis de su legado artístico.

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