Arte Acción

Cuando una sala municipal no sabe qué está mostrando

Salas MunicipalesArte contemporáneo, espacios municipales y la necesidad urgente de respetar al artista profesional

Hay una pregunta que quizá deberíamos hacernos con más frecuencia: ¿qué responsabilidad tiene una institución pública cuando decide abrir una sala de exposiciones al arte?

La pregunta parece sencilla, pero la respuesta no lo es.

En España existen numerosas salas de exposiciones municipales que, con mayor o menor presupuesto, ofrecen durante todo el año una programación cultural aparentemente dedicada al arte. Sin embargo, en demasiadas ocasiones, detrás de esa programación encontramos una mezcla difícil de justificar: artistas profesionales junto a aficionados, exposiciones de pintura junto a manualidades, fotografía junto a actividades sociales, arte contemporáneo junto a propuestas que poco tienen que ver con él y, en ocasiones, una sucesión de exposiciones sin un criterio curatorial reconocible.

El problema no es que exista diversidad.

El problema es la ausencia de criterio.

Y cuando hablamos de espacios públicos dedicados a la cultura, el criterio no debería ser un lujo.

El arte contemporáneo ya resulta suficientemente complejo para una parte importante del público. No necesita que las propias instituciones encargadas de acercarlo a la ciudadanía contribuyan todavía más a generar confusión.

Conviene decir algo que muchos profesionales del sector reconocemos: el arte contemporáneo no siempre es fácil de entender. Existen obras, lenguajes, instalaciones, conceptos y discursos que requieren contexto, información y tiempo. Y eso no es necesariamente algo negativo. El arte no tiene por qué explicarse en cinco segundos.

Precisamente por eso, una sala pública debería ayudar al espectador a mirar.

A comprender.

A hacerse preguntas.

A descubrir.

No a mezclarlo todo hasta convertir la exposición en una especie de escaparate cultural donde resulta imposible saber qué se está viendo.

No todo es lo mismo

Creo que uno de los errores más habituales consiste en no diferenciar adecuadamente entre un artista profesional, un artista novel y una persona aficionada que disfruta creando.

Todos merecen respeto.

Pero no todos ocupan el mismo lugar dentro del sistema del arte.

Y reconocer esa diferencia no significa despreciar a nadie.

Una sala municipal puede perfectamente organizar una exposición de artistas aficionados. Puede ser incluso una magnífica iniciativa para fomentar la participación ciudadana y acercar la cultura a la población. Pero debería presentarse como lo que es: una exposición de aficionados, de artistas locales emergentes o de participantes en una actividad cultural.

Del mismo modo, una sala dedicada a artistas profesionales debería tener otros criterios.

Porque no podemos pretender que un artista con quince, veinte o treinta años de trayectoria, con exposiciones nacionales e internacionales, presencia en colecciones, galerías, ferias o museos, sea tratado exactamente igual que alguien que comienza a pintar hace dos años.

No porque uno sea mejor persona.

No porque uno tenga más derecho que otro.

Sino porque son realidades profesionales diferentes.

El problema aparece cuando las instituciones públicas no saben —o no quieren— establecer esa diferencia.

Y entonces el propio concepto de artista profesional se diluye.

¿Qué mensaje estamos enviando?

Imaginemos que un ayuntamiento invita a un músico profesional con una trayectoria consolidada para actuar en una celebración municipal.

Probablemente se negociará un caché.

Se contemplará el desplazamiento.

En muchos casos, el alojamiento.

Los equipos técnicos.

La producción.

Los derechos correspondientes.

Y todo ello nos parece normal.

Ahora traslademos esa misma situación al artista plástico.

Un ayuntamiento le invita a exponer.

El artista prepara las obras.

Las embala.

Las transporta.

En ocasiones recorre cientos de kilómetros.

Instala.

Desinstala.

Asegura o asume riesgos sobre las piezas.

Prepara textos.

Atiende al público.

Y, en muchos casos, vuelve a llevarse las obras a su estudio.

¿Quién paga todo eso?

Con demasiada frecuencia, el propio artista.

Y aquí es donde creo que deberíamos empezar a hablar claramente de una cuestión que durante demasiado tiempo se ha considerado normal: exponer no debería convertirse en una carga económica para el artista profesional.

No estoy hablando necesariamente de exigir grandes honorarios.

Estoy hablando, como mínimo, de dignificar la participación.

Transporte de las obras.

Alojamiento cuando sea necesario.

Montaje.

Catálogo o publicación cuando el proyecto lo requiera.

Comunicación.

Difusión.

Y, cuando el presupuesto lo permita, un caché artístico.

No parece una petición extravagante.

Es simplemente reconocer que el trabajo del artista tiene un valor.

El arte no es decoración gratuita

Existe además una idea que deberíamos desterrar definitivamente: la de que el artista debe estar agradecido simplemente porque le hayan dejado exponer.

Esta concepción resulta profundamente problemática.

El artista no está haciendo un favor a la institución.

Está aportando contenido cultural a la institución.

Sus obras llenan un espacio público.

Generan actividad.

Atraen visitantes.

Producen conversación.

Construyen patrimonio.

En algunos casos, incluso contribuyen a mejorar la imagen cultural de una ciudad.

Entonces, ¿por qué seguimos considerando normal que todo ese trabajo tenga que ser asumido económicamente por el creador?

Quizá porque todavía existe una percepción romántica del artista como alguien que crea por pasión y al que, por tanto, no parece necesario remunerar.

Pero nadie le dice a un arquitecto que trabaje gratis porque le gusta diseñar.

Nadie le pide a un abogado que redacte gratuitamente porque disfruta de su profesión.

Nadie considera extraño pagar a un músico profesional por actuar.

Entonces, ¿por qué el artista visual debe aceptar permanentemente condiciones que no aceptaríamos en otras profesiones?

Los ayuntamientos tienen una oportunidad

No creo que la solución sea simplemente aumentar presupuestos.

También necesitamos mejores criterios.

Una sala municipal puede tener diferentes líneas de programación: artistas profesionales, jóvenes creadores, artistas locales, colectivos amateurs, proyectos educativos, fotografía, diseño, patrimonio, actividades participativas...

Pero cada una debería estar claramente definida.

Hace falta dirección artística.

Hace falta conocimiento.

Hace falta asesoramiento profesional.

Hace falta entender que programar una exposición no consiste simplemente en ocupar una sala durante quince días.

Una buena exposición necesita un discurso.

Necesita selección.

Necesita contexto.

Necesita comunicación.

Y necesita pensar en el espectador.

Especialmente cuando hablamos de arte contemporáneo.

Porque si queremos que la ciudadanía comprenda que el arte contemporáneo forma parte de nuestra cultura, tendremos que hacer un esfuerzo pedagógico mucho mayor.

No podemos exigir al público que entienda aquello que previamente no hemos sabido explicar.

Y quizá también debamos cambiar nosotros

Los artistas profesionales tampoco estamos completamente al margen de esta reflexión.

Debemos aprender a decir que no.

A preguntar por las condiciones.

A conocer nuestro valor.

A exigir contratos claros.

A hablar de honorarios.

A explicar los costes de transportar y asegurar una obra.

A no aceptar sistemáticamente cualquier exposición simplemente porque "da visibilidad".

La visibilidad es importante.

Pero la visibilidad no paga una factura.

Y después de décadas escuchando que una exposición sirve para promocionar al artista, quizá deberíamos preguntarnos cuánto cuesta realmente esa promoción al propio artista.

Una cuestión de cultura, no de dinero

En realidad, esta reflexión no debería reducirse a una cuestión económica.

Se trata de algo mucho más profundo.

Se trata de qué lugar queremos que ocupe el arte en nuestra sociedad.

Si los ayuntamientos consideran que la música, el teatro, el cine o las artes escénicas forman parte de la cultura y, por tanto, deben recibir recursos públicos, el arte visual no debería ocupar una posición secundaria.

Y si queremos construir una verdadera cultura contemporánea en España, necesitamos que nuestras instituciones conozcan mejor a nuestros artistas.

Que descubran sus trayectorias.

Que visiten sus estudios.

Que conozcan las galerías.

Que colaboren con críticos, comisarios, historiadores y profesionales del sector.

Que creen programas de adquisición de obra.

Que apoyen a los creadores locales.

Que produzcan catálogos.

Que generen residencias.

Que encarguen obra.

Y, sobre todo, que paguen cuando el trabajo profesional lo requiera.

No podemos pedir a los artistas que construyan el patrimonio cultural del futuro mientras les obligamos a financiar ellos mismos buena parte de ese proceso.

El arte contemporáneo necesita instituciones valientes

España tiene magníficos artistas.

Tiene talento.

Tiene galerías.

Tiene críticos.

Tiene coleccionistas.

Tiene museos.

Tiene ferias.

Pero todavía existe una enorme distancia entre una parte del arte contemporáneo y la sociedad.

Los espacios municipales podrían desempeñar un papel extraordinario para reducir esa distancia.

Pero para conseguirlo necesitamos pasar de la simple ocupación de salas a una verdadera política cultural del arte.

Una política que diferencie.

Que seleccione.

Que explique.

Que eduque.

Que apoye.

Y que respete.

Porque una sala municipal no debería ser simplemente una habitación con paredes blancas donde colocar cuadros durante dos semanas.

Puede ser mucho más.

Puede convertirse en una puerta de entrada al arte contemporáneo.

Puede descubrir a un joven creador.

Puede recuperar a un artista olvidado.

Puede presentar a un artista profesional con una trayectoria de décadas.

Puede formar nuevos públicos.

Puede generar coleccionistas.

Puede crear patrimonio.

Puede cambiar la relación de una ciudad con la cultura.

Pero para ello hace falta algo que no cuesta tanto dinero como pensamos:

conocimiento, criterio y respeto por el artista.

Y quizá esa sea la verdadera asignatura pendiente.

No necesitamos más salas llenas.

Necesitamos mejores salas.

No necesitamos más inauguraciones.

Necesitamos mejores exposiciones.

Y, sobre todo, no necesitamos que los artistas simplemente tengan un lugar donde colgar sus obras.

Necesitamos que las instituciones entiendan que, cuando abren sus puertas al arte, están asumiendo también la responsabilidad de cuidar, dignificar y construir el futuro de nuestra cultura.

Por A.P.G.

bolsos negros BagsBlack

Revista de Zapatos y Calzado


Síguenos en Facebook: